Por Laura Urbano.
Fuente Nuevo Diario de Salta
Una muerte y un exilio. Esas
fueron las situaciones que vivieron los miembros de la familia Cobos desde la
madrugada del 25 de septiembre de 1976 cuando hombres vestidos de civil, con
medias en la cabeza y calzados con borceguís irrumpieron en su domicilio a las
2 de ese día buscando a Enrique Cobos, quien militaba en la Juventud Peronista
(JP), y era de las filas montoneras. Terminaron fusilando en la entrada de una
casa de vecinos de la zona al más chico de los Cobos, Martín, quien en ese
momento tenía 18 años.
“Ayudalo a Enrique que lo van a matar”, fueron
las últimas palabras de Martín, tras haber sufrido el acribillamiento que
dejó 30 balas en su cuerpo. Falleció ese
mismo día tras ser llevado al Instituto Médico, la entidad que más cercana
quedaba del lugar donde ocurrió su matanza.
Un fusilamiento
El 25 de septiembre a las 2
tocaron el timbre. Ya afuera, dos personas se encontraban en la esquina de
Güemes y Pedernera haciendo de vigías. Los represores ingresaron a la fuerza
por los techos de la casa y la puerta. Obligaron al matrimonio Cobos, y a Amparo, Cristina, a tirarse al piso. Los
golpearon. La empleada se encerró en su habitación con su hijo. Martín, quien
dormía en la habitación que antes compartía con su hermano Enrique, fue
encontrado por los policías y golpeado brutalmente, al grito “hijo de p…vos sos
Enrique”. Logró escapar, trepó las escaleras del patio interno, salió a la
terraza y saltó. Allí comenzaron las primeras ráfagas de la balacera que
sintieron los vecinos. Oscar Camacho, amigo de Martín, quien vivía al frente de
los Cobos, vio cómo su amigo se dirigió a su puerta, mientras desde dos autos
que estaban estacionados en la casa de los Cobos disparaban. Martín logró
llegar hacia la esquina y dirigirse por Pedernera media cuadra a fin de
ingresar a una conexión que había entre dos viviendas para escapar. Pero se
encontró con la conexión cerrada y fue entonces que uno de los hombres de cara
cubierta lo acribilló enfrente de la puerta de entrada de la casa donde vivía
María Encarnación Martínez con sus hermanas y sus padres. Escucharon el
fusilamiento y el pedido de socorro de Martín.
Luego del hecho, sintieron a Martín siendo arrastrado hasta la vereda
por quien fuera su verdugo, para de allí escapar en los autos que se usaron en el
operativo. “Llamamos a la Policía y dijeron que no toquemos nada, que ya iban a
venir a ver qué había pasado. Hasta el
día de hoy los seguimos esperando”, dijo Martínez.
